lunes 2 de noviembre de 2009

Matrimonio. Declaración del Instituto para el Matrimonio y la Familia de la UCA

Ante el inminente tratamiento legislativo de dos proyectos para permitir el mal llamado casamiento civil entre personas del mismo sexo, el Instituto para el Matrimonio y la Familia, de la Universidad Católica Argentina, recordó que “el derecho humano a casarse se reconoce a todas las personas, pero sólo respecto del matrimonio contraído entre varón y mujer, como surge explícitamente del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos”.

Texto completo de la Declaración

El matrimonio, se funda en el vínculo, libre, permanente y exclusivo entre un varón y una mujer, en orden a la ayuda mutua y la procreación y educación de los hijos. En este sentido, conforma un auténtico bien para la sociedad.

El derecho humano a casarse se reconoce a todas las personas, pero sólo respecto del matrimonio contraído entre varón y mujer, como surge explícitamente del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que en su Art. 23, inc. 2º, dice: “Se reconoce el derecho del hombre y de la mujer a contraer matrimonio y a formar una familia si tienen edad para ello”. (En el mismo sentido: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Art. 16; Convención Americana de Derechos Humanos, Art. 17 inc. 2; Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, Art. 16, a).

Estos Tratados Internacionales de Derechos Humanos tienen jerarquía constitucional en los términos del Art. 75 inc. 22 de la Constitución Nacional Argentina. El Estado queda obligado, en estos términos, a proteger a la familia fundada en el matrimonio entre varón y mujer. Los proyectos que procuren alterar este régimen de la institución matrimonial adolecen de manifiesta inconstitucionalidad.

Algunos proyectos de ley, bajo pretexto de proteger las conductas privadas de las personas del mismo sexo, buscan un reconocimiento público e institucional, que excede el ámbito de lo privado, al alterar una institución de relevancia fundamental para la sociedad toda.

Circunscribir el matrimonio a la unión entre varón y mujer, no es una discriminación injusta. Discriminar es distinguir. Es injusto cuando se trata de realidades iguales. Por el contrario, es justo hacerlo, cuando se trata de realidades que son distintas. El matrimonio y las uniones entre personas del mismo sexo son realidades diferentes.

Equiparar las uniones de personas del mismo sexo al matrimonio es redefinir el matrimonio y por lo tanto cambiar su sustancia, afectando así al bien común.

En algún caso incluso se incorpora la posibilidad de adoptar niños. Esto supone anteponer el interés de los adultos al interés superior de los niños. En este sentido, los estudios científicos demuestran la importancia de la presencia del padre y de la madre en la educación.

El gran desafío frente a estas propuestas es ser conscientes de la necesidad de una reflexión auténticamente profunda y serena sobre el amor humano (sin apuros coyunturales ni sectoriales). Es deseable evitar las ideologías y proponer una cultura respetuosa de la memoria y valores del pueblo argentino.

Foro UCA Vida y Familia. Instituto para el Matrimonio y la Familia. Facultad de Derecho. Instituto de Bioética. Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Facultad de Ciencias de la Educación. Instituto de Comunicación Social. Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Facultad de Psicología y Psicopedagogía. Centro Cultural UCA, Facultad de Ingeniería.

domingo 18 de octubre de 2009

Amor de madre (Video)

Fuente You Tube
Agradecimiento: Stella Corbo

Para todas las madres en su día (Video Magnificat)

Magnificat - Mina

Fuente: www.youtube.com
Corale della Pastorale Giovanile Diocesana di Catania
www.upgiovanict.it

jueves 15 de octubre de 2009

Cómo intentar ser mejores padres


Nadie tiene la receta, sin embargo hay algunos principios generalmente aceptados sobre los que vale reflexionar.

1. Respetarse como personas y pares en la pareja: Una de las mejores cosas que un padre puede hacer para sus hijos es respetar a su madre. Padres y madres que se respetan entre sí, y dejan que sus hijos lo vean, promueven un ambiente seguro para ellos. Si los niños ven que sus padres se respetan, sentirán que ellos también son aceptados y respetados en sus individualidades.

2. Pasar tiempo con sus hijos: Lo que hace un padre con su tiempo les dice a los chicos acerca de lo que ellos representan en su vida. Si usted está siempre ocupado y no tiene tiempo, van a sentirse descuidados. No se olvide que los pibes crecen más rápido de lo que uno supone y hay oportunidades de juego o aventuras irreproducibles e irrecuperables.

3. Ganar el derecho de ser escuchado: Muy a menudo, las únicas situaciones en las cuales un padre les habla a sus hijos es cuando los reprimen. Es recomendable no llegar a ese extremo si quiere valorar el diálogo franco y la comunicación. Dedique tiempo a escuchar sus ideas, sus sueños y sus problemas.

4. Disciplinar con cariño: Todos los niños necesitan disciplina y consejos, no para castigarlos, sino para poner límites razonables. Recuerde a sus hijos de las consecuencias de sus acciones y déles recompensas significativas para la conducta deseable. Los padres que disciplinan de una manera justa y tranquila muestran su amor para sus hijos.

5. Actúe como un modelo para imitar: Los padres somos modelos para nuestros hijos, lo reconozcan o no. Una niña que pasa tiempo con un padre que le demuestra afecto, por ejemplo, crece sabiendo que merece ser tratada de una manera respetuosa por los varones, y qué debe buscar en su futura pareja. Los padres pueden enseñar a sus hijos lo que importa en la vida por demostrar honradez, humildad, y responsabilidad.

6. Tenga una actitud docente: Demasiados padres creen que la enseñanza es algo que hacen los demás, o que para eso los chicos van a la escuela. Sin embargo, cuando les transmitimos -por ejemplo- el sentido del bien y del mal, y los animamos a hacer perfeccionarse, en algún momento los chicos comenzarán a hacer buenas elecciones. Recuerde que las lecciones básicas de la vida se aprenden en la casa.

7. Comer juntos en familia: Compartir las comidas (o alguna de ellas) es importante en la vida familiar porque puede resultar uno de los pocos momentos de diálogo concreto y más relajado entre todos los integrantes.

8. Leer a sus hijos: En un mundo donde la televisión frecuentemente domina las vidas de los niños, es importante que los padres les lean a sus hijos. Los niños aprenden mejor por hacer y por leer que por mirar pasivamente y escuchar. Inculcar el amor a la lectura es una manera excelente de asegurar el crecimiento personal y profesional para toda la vida.

9. Demostrar cariño: Los niños necesitan la seguridad que viene del saberse queridos, aceptados, y amados por los integrantes de su familia, y especialmente por sus padres. Y demostrándoles afecto a diario es la mejor manera de hacerles saber que son amados.

10. El trabajo de padres no termina nunca: Aún en la adolescencia, la juventud y hasta cuando ya están listos para dejar la casa paterna, los hijos buscarán en sus padres consejos y sabiduría. Ser un buen referente y que los hijos lo entiendan de ese modo, también es un símbolo de que todos lso otros consejos funcionaron en su momento y su lugar.

miércoles 7 de octubre de 2009

Tolerancia: la ruta del encuentro


La tolerancia no es una simple e indiferente aceptación de las posturas ajenas,es un camino formado por el encuentro con los demás y el entendimiento real de sus opiniones

La angostura y pobreza de nuestros conceptos a menudo nos impiden ser flexibles en el diálogo y comprender a los demás. Con frecuencia en los debates públicos, por ejemplo, unos acusan de intolerantes a quienes consideran injustificables sus ideas o actitudes. «Tú eres dueño de sostener las ideas que desees, pero no intentes imponerlas a los demás». «Nadie te obliga a cambiar de opinión ni actitud. Pero es demasiado pretender convertir en exigencia pública lo que es una mera convicción o creencia privada».

Frases de este tipo se dicen a menudo como algo consabido e incuestionable. Por si fuera poco, a todo el que muestra entusiasmo al defender una convicción se le reprocha que pretende «imponerla» a otros de forma intolerante.

Sentir entusiasmo por algo significa que uno se ve muy enriquecido por ello y desea conservarlo como una fuente de plenitud y felicidad. Defenderlo no significa imponerlo, sino querer vivirlo y compartirlo con otras personas. Ese deseo no tiene carácter coactivo, sino participativo. Un valor no se impone nunca; atrae. Quien participa de algo valioso tiende naturalmente a sugerir a otros que se acerquen al área de imantación de tal valor. El resto lo hace el valor mismo, que, si tienen la sensibilidad adecuada, acaba atrayéndolos.

Quien se entusiasma con algo que juzga valioso y lo defiende tenazmente, sin duda está dispuesto a cambiar de opinión si alguien le convence con razones de que se trata de una ilusión falsa. Entusiasmarse no equivale a exaltarse. Si pienso que la vida humana merece un respeto incondicional, de forma que cualquier problema que se suscite por la vida naciente ha de ser resuelto sin ponerla en juego, y manifiesto esa convicción en privado o en público, no soy intolerante con quienes opinen de otro modo.

Cuándo es válido un punto de vista

Existen varias formas de tolerancia. En el plano fisiológico, tolerar indica que se soporta un dolor o una incomodidad, significa aguantar. En el trato personal hay también varias formas: pensemos por ejemplo en la relación de un padre con un hijo que pasa las noches fuera de casa y llega de madrugada; para evitar una confrontación lo tolera, transige.

Finalmente, en el terreno de las ideas y opiniones, cabe preguntarse si, para ser tolerante, hemos de aceptar todas las opiniones que puedan verterse en un debate. Hoy suele considerarse obvio e incontrovertible que toda opinión es digna de respeto y se tacha de intolerante a quien afirme lo contrario. ¿Es justo tal reproche?

Una opinión es respetable, honorable, digna de estima, si responde al papel de una persona en su comunidad. Al hablar, actuar, escuchar, escribir o realizar cualquier acción dirigida a los demás, debemos cuidar que nuestra actividad colabore a la edificación de la vida común. A menudo se dice que cada uno ve la realidad desde su propia perspectiva y aporta siempre un punto de vista peculiar, tan válido como el de cualquier otro –el llamado perspectivismo–. En un plano de la realidad esto es verdad, en otros no.

Si dos personas contemplan una sierra desde vertientes distintas, tendrán vistas diferentes y ninguna podrá considerarse la única aceptable y válida. Ambas obtendrán escorzos igualmente legítimos y fecundos en orden a un conocimiento completo de esa realidad.

Pero ascendamos a un modo de contemplación más complejo, por ejemplo, el estético. Aquí, las condiciones son más sutiles. Necesitamos una preparación adecuada para que nuestra experiencia estética sea auténtica.

Muchos podemos contemplar El entierro del Conde de Orgaz, la genial pintura del Greco. Las diferentes perspectivas serán justas, pero la visión estética del cuadro sólo vendrá de quien previamente haya cultivado su sensibilidad. ¿Por dónde empezar a contemplarlo? ¿Qué función artística ejercen el amarillo sulfuroso del manto de san Pedro y el azul del de María? ¿A qué responde que el artista acumule varias cabezas de caballeros castellanos por encima de la de san Agustín?

Los legos en estética no sabrán contestar estas preguntas. No cabe decir que cualquier forma de ver el cuadro es igualmente válida. Y no nos tacharían de intolerantes por sostenerlo.

Aunque en gustos no hay nada escrito, es cierto que el gusto necesita cultivarse. Si una persona formada estéticamente emite un juicio sobre una obra de arte, su opinión estará mejor fundamentada aunque contradiga la nuestra.

Por eso es justo no prestar oídos a quien, carente de toda sensibilidad estética, manifiesta aversión hacia una obra de calidad. Lo respetaremos, pero evitaremos dedicar tiempo a un juicio poco serio y mal fundamentado. Los distintos aspectos de la vida exigen cumplir determinadas exigencias, de lo contrario, no se logran ciertos objetivos en cuanto a conocer, sentir, amar y crear.

Para dialogar, lógicamente, deben cumplirse los requisitos de todo diálogo auténtico, distinto de dos monólogos alternantes. Si al hablar conmigo alguien me encuentra agresivo, impaciente, poco o nada acogedor, tendrá derecho a abandonar la conversación. No podré acusarle, por ello, de intolerante.

Sin embargo, hoy es frecuente oír: «esta es mi opinión, mi verdad, usted quédese con la suya». Con ello se da por supuesto que la verdad es relativa a cada sujeto porque depende de él. ¿Es esto aceptable? La creatividad artística arroja luces al respecto, veamos por qué.

Creatividad Colectiva

A solas, nadie puede ser creativo. Aun la persona mejor dotada del universo debe contar con realidades distintas y, en principio, externas, extrañas, ajenas. Al entrar en relación colaboradora con ellas, dejan de ser distantes, ajenas y extrañas para tornársele íntimas, sin dejar de ser distintas. Con ello se instaura un campo de juego entre nosotros, y surge el sentido y la belleza.

La belleza del Partenón se alumbra cuando una persona sensible a los valores artísticos entrevera su ámbito de vida con el de esa realidad. La belleza no se halla en la obra ni en el sujeto. Surge dinámicamente entre ambos cuando se da una donación mutua de posibilidades. La belleza debe ser considerada, por tanto, un fenómeno relacional, no relativista.

Quien no vive el arte de forma relacional no entra en el campo de juego donde se alumbra la belleza. Decirlo es constatar un hecho que responde a una ley del desarrollo humano, la ley de la dualidad: «Toda forma de creatividad humana es siempre relacional; requiere dos o más realidades que entren en colaboración».

La creatividad siempre es abierta, relacional, dialógica. No lo olvidemos, porque esa ley de la naturaleza nos da una clave para entender a fondo, lúcidamente, lo que es e implica la verdadera tolerancia.

La auténtica tolerancia no es mera permisividad; no implica indiferencia ante la verdad y los valores; no supone aceptar la verdad de cada uno ni su forma propia de pensar por el hecho de pertenecer a una generación u otra; no se reduce a afirmar que se respetan las opiniones ajenas, aunque no se les preste la menor atención.

Quien se proclama respetuoso con otra persona sin prestar la debida atención para descubrir la parte de verdad de su discurso es indiferente, no tolerante, que supone una actitud muy distinta: respetar al otro, estimarlo.

Separar el trigo de la paja

Para ser tolerantes debemos partir de una convicción decisiva: la inteligencia humana es portentosa, sobrecogedora, pero limitada. Dada su condición temporal, el ser humano no puede encontrar la verdad toda, aunque sí toda la verdad específica de algo. De modo semejante a como puedo encontrar en la calle a Juan, pero no a Juan con la diversidad de vertientes que implica. Cierto, cuando saludo a Juan veo toda su persona –no sólo sus manos o sus ojos–, pero no su persona en su trama entera de implicaciones. Necesito más de un encuentro para conocer los diversos aspectos de su personalidad.

No llegamos a la verdad de repente ni a solas, se requieren diversos contactos con cada realidad, en distintos momentos y lugares, necesitamos complementar nuestros esfuerzos y perspectivas. Tanto más, cuanto mayor sea la riqueza y complejidad de la realidad que deseamos conocer.

Con este convencimiento, no sólo aguantaré a quien defienda una posición distinta de la mía, sino que agradeceré que converse conmigo y pondré empeño en descubrir lo que pueda ofrecerme de valioso. Así, la discusión no degenerará nunca en disputa.

En la antigua Roma, discutir era mover el cedazo para separar el trigo de la paja. Disputar no es buscar la verdad, sino el propio enaltecimiento. En la auténtica discusión se concede al otro un espacio de libertad para moverse con holgura y mostrar la posible razón que le asiste.

En la disputa no se atiende a la posible validez de otras opiniones; se defiende la propia como cuestión de honor, con una fiereza que no es tenacidad sino terquedad. Por eso degenera rápidamente en fanatismo. Si quiero ser fiel a una doctrina o conducta y defenderla con entusiasmo, debo estar dispuesto a asumir lo que otras posiciones puedan encerrar de relevante para la vida de todos.

Para tolerar es decisivo comprender que el dominio y posesión sólo se dan en el plano de los objetos y los procesos fabriles, no en el de las realidades superobjetivas (ámbitos) –obras de arte, personas, instituciones, valores…–. En este nivel, las experiencias no son de tipo lineal, sino reversibles. El intérprete configura la obra en cuanto se deja configurar por ella; no la domina ni es dominado por ella.

En las experiencias reversibles nadie domina, porque el dominio es muy pobre en cuanto a creatividad. Todos desean, más bien, configurar y ser configurados. Buscan tener autoridad, no simple mando. Esta es la actitud tolerante por excelencia. En un diálogo, el verdadero conversador no intenta dominar, sino perfeccionar su propia mente y actitud ante la vida exponiendo sus puntos de vista y acogiendo atentamente otras perspectivas distintas.

La cuestión decisiva será, en consecuencia, descubrir cómo convertir nuestra existencia en una trama de experiencias reversibles. Para lograr esta meta se requiere seguir un proceso formativo en cinco fases que esbozo a continuación.

5 fases del proceso formativo

1. Distinguir entre objetos y ámbitos. Una persona no es sólo su cuerpo. Es un centro de iniciativa; con deseos, ideas, sentimientos, proyectos; crea vínculos de todo orden; asume su destino; presenta una vertiente objetiva, corpórea, pero supera toda delimitación; abarca cierto campo en diversos aspectos: biológico, estético, ético, profesional, religioso… Es todo un «ámbito de vida» o, dicho con la filosofía actual, es un «ser-en-el-mundo» que para desarrollarse y ser creativo necesita las posibilidades que le ofrece el entorno.

Quien acepta la realidad como un gran campo de posibilidades donde ha de crecer como persona, se esfuerza por conceder a cada realidad todo su rango. Distingue, por ello, cuidadosamente los «objetos» y los «ámbitos». Objeto es una realidad mensurable, situable, ponderable, delimitable, asible… Un ámbito es una realidad que abarca cierto campo en diversos aspectos, capaz de ofrecer y recibir posibilidades.

Esta distinción es decisiva para comprender a fondo la vida humana y la educación en la tolerancia, porque los ámbitos hacen posibles las experiencias reversibles, entre las que descuellan las experiencias de encuentro.

2. Asumir la importancia de la creatividad. Las experiencias reversibles son muy importantes en la vida humana porque implican siempre alguna dosis de creatividad: el poeta troquela el lenguaje y el lenguaje nutre al poeta, el intérprete configura la obra musical y esta modela su actividad… El hombre madura como persona a medida que realiza más experiencias reversibles y menos experiencias lineales que van del sujeto al objeto y suponen que el primero se imponga a la realidad circundante.

Al estudiar a fondo estas experiencias se advierte la posibilidad de convertir lo distinto-distante en distinto-íntimo, y resolver el problema de conjugar la libertad y las normas, la autonomía y la heteronomía. Como cuando se memoriza una canción y se repite una y otra vez, fraseándola de modo diferente y cambiando el ritmo, hasta que se siente como una voz interior. La canción sigue siendo distinta, pero ya no es distante, ni externa, ni extraña. Constituye un impulso íntimo que sirve de norma de acción y de cauce a la libertad interpretativa.

Al hacerse cargo, íntimamente, de la importancia de las experiencias reversibles para la vida, se descubre la inagotable fecundidad de la forma relacional de pensar. La belleza de una canción o un poema no reside en el poema mismo (lo que sería una interpretación «objetivista»), ni en el sujeto que lo interpreta (interpretación «subjetivista» o «relativista»); brota en el acto de ser interpretados; es fruto, por tanto, de la interacción fecundadora de objeto y sujeto, vistos ambos como fuentes de posibilidades.

El pensamiento relacional no fija la atención en el objeto ni en el sujeto; mantiene la mirada en suspensión para verlos a ambos en la relación que los une y enriquece mutuamente.

Esta atención comprehensiva es capaz de ver como perfectamente lógicas ciertas características de nuestra vinculación a los demás que a menudo se consideran «paradójicas». Léase con atención el texto siguiente, escrito por un eminente psicólogo. Tras destacar tres pares de conceptos «paradójicos» (fuerza-debilidad, identidad-diferencias, singularidad-universalidad), escribe:

Te reconozco, acepto y respeto como un tú personal y por eso me siento «fuerte» para tolerarte, aun a riesgo de aparecer «débil», en ocasiones, ante los demás o ante ti; pero, a la vez, yo no puedo renunciar a que tú me reconozcas, me aceptes y me respetes como persona y me toleres-soportes igualmente. Y si yo te acepto en tus diferencias y singularidades, es porque me sitúo en un espacio de identidad humana y de valores universales, que las asumen-trascienden a la vez; pero entonces, aun en el caso de que tu intolerancia no lo reconociese, mi actitud tolerante es capaz de estar en permanente apertura en ese punto de encuentro humano, arquetípicamente «inmanente» y que «nos trasciende» a ambos.

3. Entreverar ámbitos. El fruto de las experiencias reversibles es el encuentro, acontecimiento que está en la base de todo proceso humano de desarrollo. El encuentro no viene dado por la mera vecindad física; supone un entreveramiento de dos realidades que no son meros objetos, sino ámbitos. Entreverarse significa ofrecerse mutuamente posibilidades de acción y enriquecerse.

Para realizar un auténtico encuentro deben cumplirse diversas condiciones: adoptar una actitud de generosidad, respeto y estima; abrirse al otro con actitud de disponibilidad, vibrar con él, es decir, mostrar auténtica simpatía; ser veraz, sincero, fiel, paciente, tenaz…; compartir ideales elevados.

Estas son también condiciones de la creatividad –toda forma humana de creatividad se da a través de algún tipo de encuentro–, por eso vale denominarlas virtudes: modos de comportarse que hacen posible y fácil crear encuentros, es decir, formas valiosas de unidad.

4. Rechazar el vértigo de la fascinación. El proceso que conduce al encuentro es llamado desde antiguo «éxtasis», ascenso a lo mejor de sí mismo. Este acontecimiento –el encuentro– puede ser anulado por la entrega al «vértigo», un proceso de fascinación que no exige nada al hombre, le promete todo y acaba quitándoselo todo. El vértigo de la ambición de poder y dominio parece garantizar una posición de supremacía y acaba asfixiando a quien se entrega a su embrujo.

5. Descubrir la riqueza. Quien sigue el proceso que lleva al encuentro va descubriendo por sí mismo la riqueza que encierran para su vida las distintas formas de unidad. Este descubrimiento le hace ver con toda sencillez la fecundidad que presenta una conducta ética recta, ajustada a las exigencias de la realidad.

Tal fecundidad se debe a los valores, que no son otra cosa más que posibilidades de actuar con pleno sentido. Y como los auténticos valores atraen, no procede imponer su realización, y tanto más cuanto más altos son. Con razón afirmó Tertuliano que «no es propio de la religión obligar a la religión».

Comprender a fondo este proceso constituye además un foco de luz para orientar rectamente la propia vida e interpretar qué ocurre en la sociedad contemporánea.

La tolerancia se da en el encuentro

La verdadera tolerancia implica una forma de encuentro. No es sólo aguantarse mutuamente para garantizar un mínimo de convivencia. Va más allá: intenta captar los valores positivos de la persona tolerada a fin de que ambas se enriquezcan.

Esta forma de entender la tolerancia sólo es posible si se ha cultivado el arte de jerarquizar debidamente los valores. Cuando se considera que el encuentro presenta un valor altísimo –porque permite al hombre alcanzar el ideal de la unidad– se está en disposición de dialogar con personas o grupos que sostienen ideas y conductas distintas, incluso extrañas a las propias.

El valor supremo, el que decide nuestra conducta, no viene dado en este caso por el carácter confiado de lo que nos es próximo y afín, sino por la capacidad de crear auténticas formas de encuentro y buscar la verdad en común. Esta búsqueda y ese encuentro exigen respeto, entendido positivamente como estima, aprecio del valor básico del otro, en cuanto persona, y de los valores que pueda albergar. Esa estima se traduce en colaboración, oferta de posibilidades en orden a un mayor desarrollo de la personalidad.

Quien de verdad es tolerante no es un espíritu blando que se pliega ante cualquier idea o conducta porque en el fondo no se compromete de verdad con ninguna. Es una persona entusiasmada con ciertos principios, orientaciones e ideales que defiende con vigor. Sabe que la vida es un certamen y compite con fuerza, pero acepta gustosamente al adversario y se esfuerza por verlo en toda su gama de implicaciones y matices.

Lo contrario de este modo de ver comprehensivo y respetuoso es el reduccionismo, que rebaja a las personas y grupos a algo poco relevante o incluso aversivo. Tal envilecimiento es el presupuesto para el ataque. Se dice que los boxeadores, antes del combate, no quieren oír nada relativo a la vida personal de su contrincante. Es comprensible: para atacar necesitan reducirlo a mero adversario, a obstáculo en el camino del triunfo.

Atenerse a la realidad

De aquí que cultivar el «pensamiento débil» –sin hondura ni la debida fundamentación–, aceptar el «relativismo cultural» –rehuir a compromisos firmes al pensar que todo punto de vista es igualmente válido–, fomentar el escepticismo –negar la posibilidad de alcanzar la verdad– y exaltar el subjetivismo –recluir al hombre a su soledad– no ponen las bases de una mayor tolerancia; al contrario, avivan la intolerancia y el dogmatismo.

Sólo si reconozco, con Gabriel Marcel, que «lo más profundo que hay en mí no procede de mí», y me esfuerzo por clarificar la verdad de cuanto me rodea y la mía propia, supero el ansia de dominar que inspira las diversas formas de opresión dictatorial.

Es muy peligroso para toda sociedad carecer de convicciones sólidas por falta de capacidad para ahondar en la realidad o de voluntad para hacerlo debido a ciertos prejuicios antimetafísicos o –como se dice hoy enfáticamente– «posmodernos». La única garantía de libertad interior para hombres y pueblos viene dada por la decisión de atenerse a la realidad que nos sostiene a todos.

Renunciar a la metafísica –al estudio de la realidad– es alejarse de nuestras raíces y quedar desvalidos ante el poder del más fuerte. Los castillos de bellas palabras acerca de la solidaridad y la tolerancia edificados por los partidarios de una vida intelectual «débil» se vendrán abajo con un simple golpe de astucia por parte de los prestidigitadores de conceptos. La actitud de tolerancia y solidaridad sólo puede ser estable cuando conocemos las exigencias de nuestra realidad personal y decidimos cumplirlas.

En esta línea se mueve el dirigente político y pensador Václav Havel cuando escribe: «No debería existir un abismo entre la política y la ética. (…) La tolerancia empieza a ser una debilidad cuando el hombre comienza a tolerar el mal».

Una sociedad que descuida la educación de las personas en la creatividad y los valores no puede ser tolerante. Este tipo de formación exige el previo cultivo de las tres cualidades básicas de la inteligencia: largo alcance, amplitud y profundidad. Bien entendida, la tolerancia implica madurez espiritual, y esta no se logra con el mero exigir unos «mínimos de convivencia».

Antídotos contra la manipulación

A este concepto de tolerancia –como voluntad de buscar la verdad en común– se opone la manipulación, que tiende a anular en las personas la capacidad de pensar por propia cuenta. Mientras que la tolerancia construye –al promover el poder de iniciativa de los demás en cuanto a pensar y decidir–, la manipulación destruye, porque juega con los conceptos y las palabras, lo tergiversa todo, siembra el desconcierto en las personas y las priva de libertad interior.

Para enfrentar con éxito la manipulación, debemos recurrir a tres medidas:

1. Estar alerta y saber qué es manipular, quién manipula, para qué y cómo lo hace.

2. Esforzarnos en pensar con rigor, utilizando el lenguaje de modo preciso.

3. Desarrollar nuestras posibilidades creativas en todos los órdenes: deportivo, ético, estético, profesional, religioso…

Necesariamente, estas tres medidas culminarán en un cambio de actitud ante la vida y, por tanto, en un cambio de ideal. El ideal del dominio y la posesión debe ser sustituido por el ideal de servicio.

Charles Chaplin, dotado de poderosa intuición, subraya la necesidad de superar la práctica ambiciosa de la manipulación mediante la adopción de una actitud tolerante.

Después de encarnar papeles antagónicos –un judío perseguido y «el gran dictador»–, el genial cineasta acaba convirtiendo al dictador en el portavoz de un mensaje de esperanza. No habla desde el rencor producido por los trágicos sucesos de los Doce Años. Se expresa desde ese lugar secreto donde habita lo mejor del ser humano, la capacidad de perdón, la preocupación por abrir a todos los pueblos vías de dignidad y felicidad.

«No pretendo gobernar ni conquistar a nadie –proclamó Chaplin–. Me gustaría ayudar, si fuera posible, a judíos y gentiles, negros y blancos». No reclama venganza contra los culpables del horror de los campos de exterminio. Pide unidad, unión en la lucha por «un mundo mejor en que los hombres estarán por encima de la codicia, del odio y de la brutalidad». Para ello debemos elevar el espíritu, situarnos en un nivel superior de pensamiento y de conducta.

Autor: Alfonso López Quintás Fuente: istmoenlinea.com.mx

lunes 28 de septiembre de 2009

Conocer el carácter de los hijos para saber educarlos


Para saber educar, es necesario el conocimiento de cada uno de nuestros hijos. También, el propio conocimiento nos es de gran ayuda. Ya Sócrates decía: ''Conócete a ti mismo''. Del conocimiento propio, de la aceptación de nuestras limitaciones y del esfuerzo que hacemos para crecer en virtudes, nace la fuerza para educar. No olvidemos nunca que educamos por ósmosis y por contagio.

No podemos hablar de mejora si nosotros mismos no nos damos prisa en rectificar cuando nos equivocamos, o no tenemos paciencia con nuestros defectos.

Haciendo referencia a la educación de nuestros hijos, es importante observar cómo reaccionan para comprender muchas de sus maneras de actuar. Para saber observar, tenemos que ofrecer mucho de nuestro tiempo al negocio más importante de nuestra vida: la educación de los hijos.

Se trata de que sean responsables y se desarrollen correctamente, con seguridad y con la autoestima necesaria para afrontar todas las circunstancias de su vida de forma positiva.

Dedicando tiempo y con observación y serenidad, no hablaremos a todos de la misma manera, ya que consideraremos que son personas únicas, irrepetibles y, por tanto, desiguales. Es una equivocación creer que los padres tienen que educar a todos los hijos de la misma manera.

Por eso, hoy reflexionaremos sobre algunas particularidades del carácter que nos sirvan de pauta para mejorar nuestra actuación, para conocer mejor y comprender mejor a estos hijos. Es una herramienta de la psicología que se tiene que utilizar convenientemente, con sentido común, teniendo en cuenta que es sólo un apoyo, ya que lo fundamental para conocer es amar a cada hijo como es y extraer al máximo sus posibilidades.

Los tres rasgos característicos del carácter son, según Le Senne: la resonancia, la emotividad y la actividad. La resonancia es la repercusión que las impresiones tienen sobre el ánimo de cada persona. Hay personas que reaccionan más impulsivamente. En ellas las impresiones tienen un efecto inmediato y las olvidan al momento: las llamamos primarias. Y en los que reaccionan de una manera más reflexiva, las impresiones perduran en su conciencia e influyen en su conducta, incluso cuando ha pasado mucho tiempo: las llamamos secundarias.

Por ejemplo, si a una persona primaria le dan un pisotón en el autobús, su reacción será de protesta pero, antes de llegar al final de su trayecto, ya lo habrá olvidado. Una persona secundaria, en cambio, con el mismo pisotón, no dirá nada, pero el disgusto le durará un rato después de pasarle este hecho. De una manera sencilla, aquí tenemos la diferencia. Igualmente, ante una ofensa recibida, el que es primario olvidará fácilmente, pero no así el que es secundario, que vive más del pasado.

Con respecto a la emotividad, si miramos la fotografía que encabeza el artículo, vemos que tenemos un niño emotivo. El emotivo se conmueve por todo, aunque a veces no se note. Tiene cambios de humor, inquietud, impresionabilidad. En una familia, viendo todos la misma película y con la forma de reaccionar ante una escena, captaremos quién es el más emotivo. El no emotivo, ya lo dice la misma palabra, no se conmueve fácilmente. Se muestra normalmente tranquilo y de humor poco variable.

La actividad es lo más difícil de averiguar. Podríamos confundirla con el movimiento continuo de las personas impulsivas o nerviosas. Puede decirse que el activo tiene que obrar constantemente, que incluso en el tiempo libre busca situaciones para actuar; mientras que el inactivo es una persona que actúa poco, y cuando lo hace es, especialmente, por afán de superación, por amor, por obligación o por cumplimiento del deber, aunque puede estar sin actuar mientras deja correr la imaginación o descansar sin hacer nada. El activo lo hace por el placer de actuar. El inactivo no tiene esta inclinación.

Éstos son los rasgos principales del carácter. Servirán para identificar la manera de ser y, sobre todo, para comprender no sólo a nuestros hijos sino también a nuestra familia y a las personas con las que nos relacionamos. También para aceptarnos a nosotros mismos. Nunca colocaremos ninguna ''etiqueta'' a nadie porque todo es susceptible de mejora. Todas las personas tenemos capacidad para mejorar y rectificar, si estamos oportunamente motivadas.

Victoria Cardona. Educadora familiar
Fuente: Fluvium.org

viernes 18 de septiembre de 2009

El valor de la fidelidad matrimonial


Autor: María Ángeles Almacellas

Entrevista al Dr. D. Alfonso López Quintás donde clarifica la idea de fidelidad matrimonial, la deslealtad y las crisis que sufren actualmente las instituciones a las que se debería tener fidelidad.

D. Alfonso López Quintás, catedrático emérito de filosofía en la Universidad Complutense (Madrid) y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, ha resaltado en varias de sus obras el carácter creativo de la fidelidad. Queremos rogarle que clarifique un poco la idea de fidelidad, que juega un papel decisivo en nuestra vida de interrelación.

Pregunta: ¿Es la fidelidad actualmente un valor en crisis? ¿A qué se debe el declive actual de la actitud fiel?

Respuesta: A juzgar por el número de separaciones matrimoniales que se producen, la fidelidad conyugal es un valor que se halla actualmente cuestionado. Entre las múltiples causas de tal fenómeno, deben subrayarse diversos malentendidos y confusiones:

Se confunde, a menudo, la fidelidad y el aguante. Aguantar significa resistir el peso de una carga, y es condición propia de muros y columnas. La fidelidad supone algo mucho más elevado: crear en cada momento de la vida lo que uno, un día, prometió crear. Para cumplir la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada. Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que adquirió últimamente condición de "talismán": parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio. Frente a esta glorificación del cambio, debemos grabar a fuego en la mente que la fidelidad es una actitud creativa y presenta, por ello, una alta excelencia.

Si uno adopta una actitud hedonista y vive para acumular sensaciones placenteras, debe cambiar incesantemente para mantener cierto nivel de excitación, ya que la sensibilidad se embota gradualmente.

Esta actitud lleva a confundir el amor personal -que pide de por sí estabilidad y firmeza- con la mera pasión, que presenta una condición efímera.

De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso impide el cambio. Se olvida que, al hablar de un matrimonio indisoluble, se alude ante todo a la calidad de la unión. El matrimonio que es auténtico perdura por su interna calidad y valor. La fidelidad es nutrida por el amor a lo valioso, a la riqueza interna de la unidad conyugal. Ob-ligarse a dicho valor significa renunciar en parte a la libertad de maniobra -libertad de decisión arbitraria- a fin de promover la auténtica libertad humana, que es la libertad para ser creativo. La psicóloga norteamericana Maggie Gallagher indica, en su libro Enemies of Eros, que millones de jóvenes compatriotas rehuyen casarse por pensar que no hay garantía alguna de que el amor perdure. Dentro de los reducidos límites de seguridad que admite la vida humana, podemos decir que el amor tiene altas probabilidades de perdurar si presenta la debida calidad. El buen paño perdura. El amor que no se reduce a mera pasión o mera apetencia, antes implica la fundación constante de un auténtico estado de encuentro, supera, en buena medida, los riesgos de ruptura provocados por los vaivenes del sentimiento.

P.-: Si la fidelidad se halla por encima del afán hedonista de acumular gratificaciones, ¿qué secreto impulso nos lleva a ser fieles?

R.-: La fidelidad, bien entendida, brota del amor a lo valioso, lo que se hace valer por su interna riqueza y se nos aparece como fiable, como algo en lo que tenemos fe y a lo que nos podemos confiar. Recordemos que las palabras fiable, fe, confiar en alguien, confiarse a alguien... están emparentadas entre sí, por derivarse de una misma raíz latina: fid. El que descubre el elevado valor del amor conyugal, visto en toda su riqueza, cobra confianza en él, adivina que puede apostar fuerte por él, poner la vida a esa carta y prometer a otra persona crear una vida de hogar. Prometer llevar a cabo este tipo de actividad es una acción tan excelsa que parece en principio insensata. Prometo hoy para cumplir en días y años sucesivos, incluso cuando mis sentimientos sean distintos de los que hoy me inspiran tal promesa. Prometer crear un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica elevación de espíritu, capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad, que consideramos supremo en nuestra vida y ejerce para nosotros la función de ideal.

P.-: Según lo dicho, no parece tener sentido confundir la fidelidad con la intransigencia...

R.-: Ciertamente. El que es fiel a una promesa no debe ser considerado como terco, sino como tenaz, es decir, perseverante en la vinculación a lo valioso, lo que nos ofrece posibilidades para vivir plenamente, creando relaciones relevantes. Ser fiel no significa sólo mantener una relación a lo largo del tiempo, pues no es únicamente cuestión de tiempo sino de calidad. Lo decisivo en la fidelidad no es conseguir que un amor se alargue indefinidamente, sino que sea auténtico merced a su valor interno.

Por eso la actitud de fidelidad se nutre de la admiración ante lo valioso. El que malentiende el amor conyugal, que es generoso y oblativo, y lo confunde con una atracción interesada no recibe la fuerza que nos otorga lo valioso y no es capaz de mantenerse por encima de las oscilaciones y avatares del sentimiento. Será esclavo de los apetitos que lo acucian en cada momento. No tendrá la libertad interior necesaria para ser auténticamente fiel, es decir, creativo, capaz de cumplir la promesa de crear en todo instante una relación estable de encuentro.

Así entendida, la fidelidad nos otorga identidad personal, energía interior, autoestima, dignidad, honorabilidad, armonía y, por tanto, belleza. Recordemos la indefinible belleza de la historia bíblica de Ruth, la moabita, que dice estas bellísimas palabras a Noemí, la madre de su marido difunto: “No insistas en que te deje y me vuelva. A dónde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos, y, si no, que el Señor me castigue”.

P.-: En Iberoamérica y en España parece concederse todavía bastante importancia a la fidelidad conyugal. ¿Cómo se conjuga esto con la crisis del valor de la fidelidad?

R.: En estos países todavía se conserva en alguna medida la concepción del matrimonio como un tipo de unidad valiosa que debe crearse incesantemente entre los cónyuges. De ahí el sentimiento de frustración que produce la deslealtad de uno de ellos. Esto no impide que muchas personas se dejen arrastrar por el prestigio del término cambio, utilizado profusamente de forma manipuladora en el momento actual.

P.-: ¿Puede decirse que lo que está en crisis actualmente son las instituciones a las que se debiera tener fidelidad?

R.-: Exige menos esfuerzo entender el matrimonio como una forma de unión que podemos disolver en un momento determinado que como un modo de unidad que merece un respeto incondicional por parte de los mismos que han contribuido a crearla. Este tipo de realidades pertenecen a un nivel de realidad muy superior al de los objetos. Hoy día vivimos en una sociedad utilitarista, afanosa de dominar y poseer, y tendemos a pensar que podemos disponer arbitrariamente de todos los seres que tratamos, como si fueran meros objetos. Esta actitud nos impide dar a los distintos aspectos de nuestra vida el valor que les corresponde. Nos hallamos ante un proceso de empobrecimiento alarmante de nuestra existencia.

Por eso urge realizar una labor de análisis serio de los modos de realidad que, debido a su alto rango, no deben ser objeto de posesión y dominio sino de participación, que es una actividad creadora. Participar en el reparto de una tarta podemos hacerlo con una actitud pasiva. Estamos en el nivel 1 de conducta. Participar en la interpretación de una obra musical compromete nuestra capacidad creativa. Este compromiso activo se da en el nivel 2. Para ser fieles a una persona o a una institución, debemos participar activamente en su vida, crear con ella una relación fecunda de encuentro –nivel 2-. Esta participación nos permite descubrir su riqueza interior y comprender, así, que nuestra vida se enriquece cuando nos encontramos con tales realidades y se empobrece cuando queremos dominarlas y servirnos de ellas, rebajándolas a condición de medios para un fin.

P.-: Al analizar la cuestión de la fidelidad, volvemos a advertir que la corrupción de la sociedad suele comenzar por la corrupción de la mente...

R.-: Sin duda. Es muy conveniente leer la Historia entre líneas y descubrir que el deseo de dominar a los pueblos suele llevar a no pocos dirigentes sociales a adueñarse de las mentes a través de los recursos tácticos de la manipulación. Si queremos ser libres y vivir con la debida dignidad, debemos clarificar a fondo los conceptos, aprender a pensar con rigor, conocer de cerca los valores y descubrir cuál de ellos ocupa el lugar supremo y constituye el ideal auténtico de nuestra vida.

Fuente: El Periódico de México

jueves 17 de septiembre de 2009

Encuentro Latinoamericano de Pastoral Social-Caritas de América Latina y el Caribe


Cardenal Cipriani ve "mensajes muy débiles" en la preparación al matrimonio


Desde Lima- Perú y a través de la agencia ínformativa Zenit, nos llegan noticias sobre el desarrollo del Encuentro Latinoamericano de Pastoral Social- Cáritas. El Cardenal Juan Luis Cipriani, durante su ponencia en el mismo, expresó que "No se puede promover la humanización del mundo, sin querer comportarse de una manera más humana. El Papa nos invita a un cambio muy grande a través de pequeños cambios".

El Arzobispo de Lima presentó la Carta Encíclica "Caritas in veritate" y reconoció que es muy importante que los laicos participen en la vida política y social resaltando que es tarea también de la Iglesia abocarse a mejorar la calidad educativa.

"La Iglesia siempre aportó de una manera impresionante su presencia en la educación. Hoy honradamente estamos muy débiles como propuesta educativa en ese proyecto humanista integral. Nos estamos contentando con mensajes muy débiles en la preparación para la confirmación y el sacramento del matrimonio. Mucho entusiasmo, mucho compartir, pero hay que darle contenidos a la gente, es una invitación que el Papa hace de una manera muy directa y fuerte", señaló.

El Cardenal Cipriani también recordó que quien excluye a Dios de su vida, solo puede terminar por el camino equivocado y pidió a los delegados presentes en el Encuentro a promover una formación cristiana más consistente que transforme y ayude a las personas.

Animó a que, a través del modo de pensar y de ser, se haga visible a Cristo Vivo en un mundo con pluralidad de culturas rescatando el Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia para tener una formación doctrinal más consistente que produzca un cambio en la sociedad, lo cual solamente será posible si el interesado tiene la experiencia personal en Cristo.

También aconsejó releer el documento de Aparecida, muy actual y valioso para los tiempos que la Iglesia vive en América.

En otro momento, recordó que estamos viviendo en un mundo materialista, opuesto a los valores espirituales gratuitos otorgados por Dios y exhortó a promover la dimensión espiritual, que es donde el ser humano trasciende.

"La ley de los valores espirituales es opuesta a la ley de los valores materiales. Lamentablemente muchas veces tratamos los valores espirituales con el mismo planteamiento que el de los materiales y ahí surge el egoísmo, el abuso y la injusticia. En el ambiente priman unas normas dictadas por un planteamiento materialista de las personas. Estamos hechos para recibirnos y para darnos, y nos realizamos como personas cuanto más nos damos", culminó.

Por otro lado, uno de los mensajes más sugerentes y audaces de la carta encíclica "Caritas in veritate" es el deseo del Santo Padre de aplicar principios de democracia económica, a través de iniciativas mutualistas, de gratuidad y de comunión donde no necesariamente priman los beneficios, sino el don recíproco, expresó el Arzobispo de Lima.